Cuando lo peor compite con lo peor.



Por: Marina Morelli Núñez.


Para quienes trabajan en la defensa de los derechos humanos de las niñas, adolescentes y mujeres sobrevivientes a diversas formas de violencia, no es un asunto extraño, más bien común encontrarse con respuestas deficientes e inadecuadas por parte de los operadores del sistema estatal.  Es usual, que la intervención deje a las víctimas en una situación de aún mayor vulnerabilidad  y en ocasiones en riesgo de vida. Luego  la catarata de las más variadas formas de justificar lo injustificable.

Y así como de la nada surge la competencia de peor con peor.

Lo peor podría ser que una adolescente sea víctima de diversas manifestaciones de violencia en el ámbito familiar.

Lo peor tal vez sería que profesionales que trabajan con víctimas de violencia sexual no sean capaces de advertir los indicadores, y se enteren cuando las victimas lo ponen en palabras.

O lo peor sería que luego de ponerlo en palabras, quienes deben protegerla la coloquen en una situación de riesgo mayor.

Quizá lo peor podría centrarse en la ignorancia de cómo aplicar un protocolo de intervención.

Aunque lo peor tal vez sería que la actuación a contra protocolo se oculte sosteniendo que se cumplió con el mismo.

Lo peor podría ser que exista alguien que crea que la identificación de un referente adulto es una operación mecánica que consiste en pedir un teléfono a la víctima.

O lo peor sería que si el primer número telefónico no responde, se le pida que proporcione un segundo.

También lo peor podría ser que se conceptualice como accidental un resultado que esta causalmente conectado a una mala intervención.

O lo peor podría ser que los medios de comunicación difundan que quienes se equivocaron actuaron debidamente.

Lo peor podría ser que una institución cuente con un protocolo pero no capacite a su personal para una aplicación rigurosa.

O lo peor sería que quienes se equivocan en la intervención,  a fuerza de auto convencimiento concluyan que lo hicieron bien.

Quizá lo peor podría ser la intimidad vulnerada cuando un país entero conoce lo que el padre, el tío abuelo y la madre hacían con ella, aunque ella no lo haya contado al país entero sino confiado a un par de personas.


O lo peor podría ser que por obvias razones  jamás regrese a ese centro educativo.

Lo peor podría ser que no regrese a ningún centro educativo.

También lo peor podría ser el deber de confidencialidad destrozado en un minuto de televisión por adultos en los que ella confió .


Aunque lo peor podría ser que se hayan dejado infinidad de datos para poder identificarla sin demasiado esfuerzo y cargarla con un estigma más.

Lo peor podría ser que jamás vuelva a confiar en que puede pedir ayuda, porque la dejaron en soledad.

También lo peor podría ser que ella no es la primera y con seguridad no será la última adolescente revictimizada por el sistema.

O lo peor podría ser  la espectacularidad de cuasi análisis mediático de una tragedia por parte de quienes revelan datos y detalles de la situación de vida de una persona a la cual ni siquiera conocen.

Lo peor podría ser que  el ámbito natural de respeto, contención y protección se convierta para las víctimas en el mismísimo infierno.

Quizá lo peor  podría ser que las cotidianas dificultades que enfrentan los/as servidores públicos, sea útil para justificar hasta la ausencia del sentido común.

Lo peor podría ser que ella sea institucionalizada.

Quizá lo peor seria  que  no sea tan peor  la institucionalización.

Lo peor podría ser que ninguna niña/o o adolescente que logra traspasar la barrera del silencio y confía en la comunidad educativa, tenga certeza de una respuesta a nivel.

O lo peor podría ser la mirada adultocéntrica que en un reclamo de rara especie de solidaridad nos exige colocar como centro de la situación a quienes no son la víctima.

Quizá lo peor sería la contribución a perpetuar los silencios, dando muestras claras sobre que le sucede a quienes se atreven a hablar.

Lo peor podría ser que impregne la idea de caso único y ello oculte la cantidad de situaciones idénticas o parecidas que no llegan a la prensa.

También lo peor podría ser que existan adultos que en lugar de preservar a la víctima y no entorpecer una investigación, decidan relatar detalles en formato de audio y circularlo.

Lo peor podría ser que jamás se lleve a cabo una investigación administrativa para establecer las responsabilidades funcionales de quienes intervinieron.

O lo peor podría ser que cuando aparezca un tema que venda más que la “adolescente de la Utu de Colón” el país se olvide ella.

Porque cuando la ignorancia y la soberbia de quienes intervienen en algún punto del engranaje de la respuesta , se combina con el olvido de quienes no, ya la cuestión se torna más compleja.

En ocasiones me pregunto si alguien recuerda a las cuatro adolescentes entre 12 y 16 años y al profesor de biología  en secundaria procesado por reiterados delitos de retribución a menores para ejecutar actos sexuales. O si alguien se acuerda de la niña de 11 años de edad a quien su profesor de música de manera continuada la  hacía quedar en el aula, cerraba la puerta, la besaba en los labios, en el cuello, y en ocasiones la tocó en los glúteos, senos y en la vulva.

Si alguien recuerda que hace dos años una Directora de una Escuela Agraria reconoció a un medio de prensa que había recibido la denuncia de una estudiante  pero no le creyó: "Acá vino una alumna y me dijo que una compañera suya había tenido sexo con el docente. Y yo le pedí que lo probara y no lo pudo probar. Después llamé a la alumna involucrada y me dijo que no, que eran solo amigos", manifestó la jerarca." Lo que pasa es que están enchastrando a la institución", aclarando además que las estudiantes "son mayores de edad".

Si excepto la víctima y su familia, hay personas  que recuerdan que hubo un Sub Director de liceo y que además dictaba clases como profesor suplente,  que fue procesado  por mantener relaciones sexuales con una alumna y exhibir material pornográfico de ella en las redes sociales. O que el año pasado, el  Consejo de Educación Secundaria comunicó la destitución de un profesor de 40 años, que dictaba clases en al menos dos liceos, tras el procesamiento con prisión del docente al comprobarse su responsabilidad en hechos de agravio hacia alumnos varones a quienes les manifestaba sus fantasías sexuales a través de Facebook. O aquel profesor de Literatura de 31 años que fue procesado con prisión por el delito de “atentado violento al pudor”, al comprobarse que enviaba fotografías de tenor sexual a una menor de edad que había sido su alumna y por  “producción de material pornográfico con utilización de menores”.

A veces se me ocurre pensar que los frecuentes olvidos nos dificultan visibilizar la problemática en profundidad, las variadas aristas de las múltiples violencias  que se vivencian en algunas etapas de la vida y en como el posicionamiento del mundo adulto bienintencionado o malintencionado, contribuye en alguna medida a que la realidad siga siendo jodida.  Saltar de urgencia en urgencia, de crisis en crisis, de indignación en indignación, de noticia en noticia, de buena voluntad en buena voluntad, torna difícil pensar en las verdaderas y reales dificultades que enfrenta el sistema educativo cuando de violencias se trata. Provengan de donde provengan esas manifestaciones.

La cultura imperante en cualquier institución se construye a base de omisiones, acciones, silencios, complicidades y esfuerzos varios, entre ellos el olvido y la desmemoria.

La cultura institucional también se deconstruye a base de lo mismo, a excepción de los olvidos frecuentes y la desmemoria, claro esta.

En resumidas cuentas, cuando lo peor compite con lo peor  en medio de la efervescencia de la indignación colectiva a la uruguaya, es muy difícil dirimir que es lo peor de entre todos los peores. 

Aún en medio de tanta limitación, hay una pequeña aunque no insignificante coyuntura que puedo percibir y resumir parafraseando a un grande: “nos mean y los diarios dicen que llueve”.

Comentarios

  1. Brillante!! Es terrible que nadie se de cuenta y que se siga pensando que lo que se hizo es lo que dice el protocolo que hay que hacer.

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